miércoles, 3 de abril de 2013

Una Historia Imaginaria - Capítulo 1.




Recuerdo haber sido mucho más simpático en el pasado. Si tuviese que contar la historia de cómo me volví alguien tan adulto y normal, tendría que volver muy atrás. No sé a donde depara esta escritura pero creo que de una manera u otra terminaré volviendo atrás. Escribo hoy que estoy mal pero tengo ganas de escribir, trato de no darle un mensaje a quien me lee, solo quiero contar una historia que no existió, una historia ficticia, una historia que no va a ocurrir. Ni siquiera sé de que va o va ir la historia, solo quiero escribir.


Miércoles tres de abril, ayer fue el cumpleaños de mi hermano. Técnicamente no le regalé nada. Estoy mal, por motivos que por ahora prefiero obviar. Aún tengo tarea de matemáticas y creo que tengo que completar algo de inglés. No me importa, es mañana y tengo toda la mañana y la tarde de mañana.

Concurro a una escuela nocturna, me relaciono con las 5 mismas personas día tras día. Y cuando no, cuando no estoy con ellos, simplemente me siento solo y espero que llegue alguien con quien hablar, para distraerme. Suena muy patético, y lo soy, pero es lo único que por ahora puedo hacer. Estoy herido, no tengo esperanzas, acabo de ver Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos. Me siento como Joel, y siento que mi “película” no terminará con el mismo final que ella.

Tengo que salir a caminar. Ayer traté, traté de salir a caminar y olvidar, la lluvia me atacó, lo tomé como una prueba de Dios, que no quería que me olvide. Creo y no creo en Dios, creo que Dios existe pero desde hace años que vengo ocultándolo, tapándolo con una máscara. En el fondo no creo, pero ahora, hoy, sí. Creo o creía que no me iba a dejar solo, que me iba a conceder el deseo que le pedí. Pero sabía y/o sé que él no lo iba a hacer. O tal vez lo hizo y no me di cuenta.

Salgo a caminar, esta vez solo, no quiero hacer planes, planificar me sale mal, hay que dejar que las cosas sean. Eso quise decirme ella, creo que el fondo me espera o me esperaba, pero espera que yo me vaya. A mí no me pareció bien que esperara con otra persona, podría esperar sola como yo. Pero ya nada puedo hacer al respecto.

Camino y veo de todo. Pienso que es solo mi mierda la que importa en el mundo, porque somos egocéntricos y egoístas, yo lo soy, todos lo son. Pensamos que nuestra mierda es lo más importante y hay mucha más mierda que un amor no correspondido. Hambre, violencia, toda esa mierda. Esa mierda que no me importa.

Camino y veo de todo. Veo a parejas felices, veo a parejas tristes. Me centro en un recuerdo que tal vez no ocurrió. Recuerdo haber visto a una chica con los ojos llorosos al lado de un chico, que parecía fuerte de mente. La chica debió estar pasando por su propia mierda. A mí no me importó pero ahora me importa. Quisiera escarbar en su basura, para tapar mi hueco con ella, quisiera que me diga lo miserable que se siente para así poder sentirme mejor conmigo mismo. Antes de Carolina yo era así, antes de que ella apareciera buscaba tapar mi vacío con la miseria de otras personas. Según una persona, eso hacen todos los humanos. Me doy cuenta de que era humano, y yo pensaba que era distinto a todos los humanos. Por algún motivo nos gusta escuchar, por lo menos por lo que él dice. Pero a veces contar es doloroso. Da igual.

Camino y veo de todo. Camino y le hablo a Dios, le pido que me pruebe que puedo entregarle mi fé, le pido que me muestre que su camino vale la pena. Sé que no lo hará pero se lo pido. No tengo padre y le digo que de todas formas soy su hijo. Mi padre me dejó, gran cosa, a veces se hizo difícil monetariamente para mi madre, pero fuera de eso no tengo muchos recuerdos de sí. Creo que cuando trataba de acercarse simplemente le decía fuck you. Miedo no le tengo pero creo que él tiene cierto desequilibrio mental. Es una mierda. Es parte de mi mierda, pero la que tiene menos importancia.

Camino y veo de todo. Llego a la plaza. Esto es ficción. Pero sería genial que ocurriese. Me gustaría ver a una chica, sentada en un banco, leyendo un libro con los ojos llorosos. Un libro de Narnia, o de Cortázar, uno que te enseñe sobre la vida o que sea fantasía. Opuesto, sí. Quisiera divisar su miseria en sus ojos llorosos y decirle:

-          Hola, ¿Estás sola?

Y que ella repentinamente me responda.

-          No, estoy con mi libro.

Me gustaría que me diese esa hostilidad. No sé como son las cosas en otros países, pero por series y películas pareciera que relacionarse es fácil incluso con desconocidos. Por acá, Argentina, es distinto, es difícil. Hay desconfianza, supongo que somos educados de otra manera. Da igual. Me gustaría ver su hostilidad, me gustaría que me diga que no, que sea difícil. Es genial pelear por una relación, incluso desde el principio.

Repito, esto es ficción. Me gustaría sentarme a su lado, y que ella se levantase mufando, que me trate como un loco porque eso quiero volver a ser, y tener esta historia feliz. Ella se iría sosteniendo la página que estaba leyendo y se sentaría en otro banco cercano. Yo, con una sonrisa desdichada pero no de cretino, iría hacia sí y le diría:

-          No muerdo, no creo ser peligroso. Sé que es raro acá, en Buenos Aires, pero en las series y películas hacen parecer que vincularse es fácil. ¿No querés vincularte?

Y ella me miraría un segundo a los ojos, vacilaría, si gritar porque parezco y soy un psicópata, o bien, quedarse, hablarme, aceptar mi propuesta. Me vería a los ojos por primera vez, mis ojos, que demostrarían que estoy cansado de llorar, y posteriormente entendería que su miseria es la misma que la mía. Me sonreiría y me diría:

-          Estoy leyendo. Cuando termine este capítulo veremos que hacemos.

Y yo me sonreiría, porque allí, habría empezado la historia de mi lo que sea que fuese a tener con ella.


Entonces empezaría la siguiente etapa. Con una sonrisa estúpida que nunca voy a tener, porque esta historia jamás va a ocurrir, esperaría a que ella terminase su capítulo de Narnia o Rayuela. Ella se haría la difícil para probar mi persistencia. Tardaría más de lo que tarda al leer, esperaría mucho al pasar de página. Ni siquiera estaría leyendo, ella solamente estaría haciendo tiempo para probarme. Esperaría media hora por un fin de capítulo que en realidad dura 5 minutos. Y entonces ella, con un suspiro y una sonrisa que combina sorpresa con miedo, cerraría el libro enérgicamente y me diría:

-          Listo, disculpá la demora, suelo tardar leyendo.

Yo, sonreiría también porque notaría una aceptación más real que la de antes. Y le respondería con poco entusiasmo pero con mucho sentimiento.

-          Tranquila, también suelo tardar cuando leo.

Incluso si es mentira, incluso si soy mucho más veloz que la gente promedio de mi edad. A propósito, tengo 16 años, y hasta el año pasado era más prodigioso que la gente normal. Este año tengo más miedo a nivel académico, siento que puedo fracasar. Da igual, sigamos con mi fantasía. Quedamos en que mentía y diría que era como ella. Pues, luego me sonreiría y agregaría antes de que ella contestase:

-          No, disculpa, solo lo hago para ligar. Creo que leo muy velozmente. Sonaré como engreído, pero es preferible ser honesto.

Eso le haría sonreír otra vez, ella asentiría mientras cierra los ojos. Daría otro de esos largos y contenedores suspiros, y me diría lo siguiente:

-          Tranquilo, yo también mentí, es mejor ser honesta. También leo más rápido que eso, no voy a sonar engreída como vos, pero es preferible ser honesto.

Medio citándome lograría una conversación medianamente grata. Yo asentiría a la nada con la cabeza, con una sonrisa, sintiendo que el vacío empieza a llenarse de a poco. Repito, esto es ficción, esto es solo lo que me gustaría que pase.

-          ¿Querés cruzar a MCDonalds?

Me diría, dispuesta a seguir con lo que empecé. Con lo que empezamos. Yo arquearía ambas cejas con sincera sorpresa. Soltaría un “ehm...”, y ella se sonreiría y agregaría:

-          Lo que te sorprende es que esté pasando lo que querés.

Aunque repito, es ficción, así que esto no está pasando. Yo al oír esas palabras, asentiría no sin antes percatarme de que ella era una desconocida. No para tener miedo, o algo por el estilo. Simplemente para darme cuenta de que necesita un nombre. Esta chica es ficción, es mi deseo, así que le inventaré un nombre momentáneo, y puede que sobre la marcha lo cambie.

-          Sí, supongo que tenés razón. Sí, quiero, hace algo de frío y si bien me gusta, dejé colgado mi abrigo en un árbol hace dos días.

Le contestaría a lo que ella expresaría una rara emoción con su rostro, terminaría por sonreírse porque lo que dije no tiene sentido. Pero finalmente, me apoyaría una mano en el hombro y me preguntaría lo que yo quiero preguntarle.

-          Bien ehm... ¿Cuál es tu nombre?

Y ante esto yo me daría cuenta de que es la indicada, porque pensamos igual. Porque ella se percató queriendo o sin querer, de que eso nos estaba faltando. Éramos desconocidos, hasta mi respuesta.

-          Mi nombre es Matías. ¿Y vos? ¿Cómo te llamás?

Tengo el nombre pensado desde hace unos minutos antes de escribir esto.

-          Me llamo Artemisa. Como la diosa de la luna.

Arquería una ceja porque, como mi invento, Artemisa significa algo para mí. Cuando estaba con Carolina era el nombre que le habíamos designado a nuestra futura hija. Llegué a imaginarla, llegué a dibujarla, aunque nunca le mostré mi boceto real. Ahora no sé donde están esos dibujos, creo que mi madre los desechó. De todas formas hubiese preferido no haberle dado nombre, ahora hubiese preferido decirle: “Todavía falta mucho para tener hijos. No sabemos si lo lograremos o no.” Tal vez eso hubiese ayudado a que no se espante. Pero bueno, soy, somos, fuimos, tontos.

Volviendo a mi ficción, Artemisa me recordaría a mi hija imaginaria que nunca existió y probablemente nunca exista. La ironía me haría sentir bien y mal a la vez.

-          Entonces... ¿Matías? ¿Vamos?

Espabilaría, porque me habría quedado pensando en su nombre. Y le respondería asintiendo con firmeza, notaría que ella se paró del banco y yo también lo haría. Me pondría a su lado, me acomodaría el gorro y comenzaría a caminar hacia el McDonalds que está cruzando la calle.

Caminaríamos en silencio hasta la senda peatonal. Estaríamos sonriendo un poco, de a momentos. Y entonces yo rompería el silencio con algún comentario bobo como:

-          Por las películas que vi, no podemos pedir hamburguesa. No es que quiera, pero, ahora, estaríamos desayunando.

Ella con obviedad y suspenso prolongaría un “¿Siiií?” Y entonces yo me sentiría estúpido por haberlo dicho. Ella evidentemente, ordenaría un café al igual que yo, y tendría un desayuno conmigo. Con pocas palabras, con muchas miradas.

Yendo hacia el final de esta “cita”, yo le comentaría con honestidad.

-          Hasta hace poco estaba en una relación. Nos tocó desayunar pocas veces juntos, pero a mí me encantaba. Creo que ella no lo notó. A mí me hacía sentir como si me despertara en casa después de que ella hubiese dormido conmigo. Mi sueño con ella, era pasar una noche durmiendo en la misma cama.

Y entonces la espantaría, porque estaría mencionando ya en nuestra primera salida a mi relación reciente, ella suspiraría con una expresión disgustada. Yo agacharía la mirada por ser un tonto. Pero sentiría posteriormente el frío de su helada mano entrar en contacto con la mía, me sorprendería la diferencia de temperatura de nuestras manos, levantaría la mirada y notaría su expresión.

Comprendería su expresión, y de todas formas ella la explicaría con palabras.

-          También estoy pasando por una ruptura. Tal vez esto no me recuerde a ello, pero todo me recuerda a él. Habían cosas especiales, no desayunos, pero sí otras boludeces.

Me percataría de su primer grosería. Entonces ella seguiría.

-          Antes de que él apareciera, me dedicaba a escarbar la basura de otras personas para tapar mis agujeros.

Entonces mis pensamientos saldrían de su boca.

-          Y ahora que quiero volver a ser como era antes, para superarlo, tal vez me venga bien escuchar tu basura.

Y entonces le contaría un poco de mi basura. Le contaría que ella me superó en un santiamén y ella me daría consejos que no tomaría. No tomaría, porque sus consejos estarían idos a la soledad. Y con ella, con mi chica imaginaria, yo no estaría más solo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario