miércoles, 29 de agosto de 2012

Gritos.


Pretendo ser bueno, pretendo querer escuchar a los demás por un sentido altruista que no existe. Soy un ególata que se siente bien oyendo los gritos ajenos, a tal punto que a veces me atrae producirlos. Sí, no entiendo por qué, pero me gusta escarbar en la miseria. Me hace sentir bien, prefiero eso a descargarme yo, siento que doy lástima. Odio dar lástima.

Uso a la gente que es interesante e irrelevante. Pero con unos pocos sucede algo extraño, despiertan interés real en mí, hacen que sienta deseos de ayudar. Los gritos comienzan a importarme, y trato de brindar ayuda, pero de alguna forma lo arruino y ellos me abandonan, haciéndome vagar en la oscuridad hasta encontrar a la próxima persona dispuesta a gritar frente a mí.

Quiero anular el ciclo, no quiero perder más gente, no quiero quedarme solo, quiero que me acepten, que acepten mi ayuda, que no me juzguen ni se sientan juzgados. Me doy cuenta de que no sirve esperar nada de nadie, debo obtener lo que quiero con mis propias manos. Pero es difícil.

¿Debo fingir? No, me juzgarían por mentiroso. ¿Debo ser sincero? No, no suelen aceptar mi sinceridad. ¿Debo seguir con mi plan de escuchar gritos de gente que no me importa? No, ayer colapsé, es aburrido cuando se pierde a alguien interesante por un fetiche extraño. Debo callar los gritos sin esperar nada a cambio.

domingo, 26 de agosto de 2012

Despedida


Abandono mi segundo hogar para dirigirme a lo que alguna vez representó mi tercer hogar. Allí encuentro a quien alguna vez fue mi dama, ahora siendo mi amor platónico. Miro a sus ojos, que alguna vez fueron de mi dominio, y noto en ellos una incomodidad extrema pues se han encontrado con mi figura. Soy inesperado, lo sé.

Se limita a saludar, como lo esperaba. Deposita sus labios, que alguna vez fueron mis labios, sobre mi mejilla. Aguardo unos segundos y me zampuzo en un incómodo silencio. Ella se dispone a romperlo. “Entonces...” dice, citándome de alguna forma, robándome las palabras que literalmente alguna vez fueron mías. “Entonces...” Respondo, con la respiración un poco agitada.

“Entonces, vengo a declarar que te voy a dejar en paz. El tiempo me ayudó a reflexionar, ya no siento nada que pueda incomodarte. No necesitás sentirte observada por mí jamás, porque no siento la necesidad de observarte. Declaro mi tregua, y si es que alguna vez te molesté, pido disculpas, realmente no fue mi intención.”

Knox, interrumpe mi discurso partiéndole a Marie una silla en la cabeza. Matthew y yo entramos mientras él aparta el cuerpo desmayado de la vista. Los tres robamos todas las galletitas que alberga en su alacena. Nos retiramos, tragando las migas de las primeras, sabiendo que a partir de ahora, está confirmado que se pudo extirpar a Marie de mi mente.

“¡Estoy curado!” exclamo a los cielos llenando mi boca con otra ración de galletitas. Mis dos compañeros me sonríen, cierro la puerta de mi anterior tercer hogar, y sé que a partir de ahora podré seguir adelante sin pensar en ella.

¿Alguien quiere decirme cuando voy a curarme en realidad?