martes, 14 de agosto de 2012

La lluvia es una máscara.


Todo es ridículamente mejor cuando llueve. Es un hecho, sentís el pelo volverse más chato y manejable, te sacás el gorro (si lo tenés) y notás que estás en un punto medio entre lo peinado y despeinado. Sí, ese punto donde no quedás como un Seba. Además, los cielos son tan grises que la piel contrasta y se ve más blanca, más pulcra. Bajo la lluvia todos nos vemos con una concentración sobrehumana, podríamos decir que las cualidades destacan más. Quienes huyen de la lluvia se ven más tiernos, quienes la soportan sin quejarse se ven más serenos; los dúos que suelen esconderse bajo un paraguas, a los ojos ajenos se ven como parejas ideales.

Pero es una fachada superficial, la lluvia solo nos ayuda a cambiar, a esconder nuestros verdaderos seres. La lluvia es una máscara temporal, cuando el cielo se despeja, la lluvia solo deja el fango, dejamos de contrastar, el cabello se infla y las cualidades vuelven a esconderse. Todo vuelve a ser normal, todos perdemos aquel lugar especial que ocupamos, nos vemos corrientes al caminar, nos vemos sospechosos, volvemos a ser comunes, dejamos de ser hermosos. 

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