Siento como
se me quema el interior cuando noto que el laberinto es demasiado amplio como
para divisar su figura. Lo recorro una y otra vez, variando mi compañía, pero
no logro encontrarla. No busco demasiado de ella, solo quiero verla por unos
segundos mientras paso a su lado, sentir el débil aroma que desprende su
cuerpo, ese que todos ignoran y que tal vez solo yo puedo sentir.
Quiero que
sus ojos me busquen y que me esboce una tonta sonrisa. Sé que para ella no
significará nada, pero para mí eso valdrá demasiado. Luego de eso, no me
importaría volver a perderme. Pero no la encuentro, el laberinto es muy grande
y me desespero, aunque quiero seguir buscando. Utilizo mis últimos 20 minutos
de cordura caminando de un lado a otro, buscando un encuentro azaroso.
Es entonces
cuando las palabras de mi amigo más racional me embisten como si fuese un
minotauro: “Tal vez ella esté fuera del laberinto”. Y ahora no puedo esperar, cuento
los segundos restantes para el relevo, para retirarme del establecimiento, para
verla, incluso si sé que fuera del laberinto existe algo aún peor: un mundo exterior
donde yo no existo para ella.

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