jueves, 16 de agosto de 2012

Perdido.

Siento como se me quema el interior cuando noto que el laberinto es demasiado amplio como para divisar su figura. Lo recorro una y otra vez, variando mi compañía, pero no logro encontrarla. No busco demasiado de ella, solo quiero verla por unos segundos mientras paso a su lado, sentir el débil aroma que desprende su cuerpo, ese que todos ignoran y que tal vez solo yo puedo sentir.

Quiero que sus ojos me busquen y que me esboce una tonta sonrisa. Sé que para ella no significará nada, pero para mí eso valdrá demasiado. Luego de eso, no me importaría volver a perderme. Pero no la encuentro, el laberinto es muy grande y me desespero, aunque quiero seguir buscando. Utilizo mis últimos 20 minutos de cordura caminando de un lado a otro, buscando un encuentro azaroso.

Es entonces cuando las palabras de mi amigo más racional me embisten como si fuese un minotauro: “Tal vez ella esté fuera del laberinto”. Y ahora no puedo esperar, cuento los segundos restantes para el relevo, para retirarme del establecimiento, para verla, incluso si sé que fuera del laberinto existe algo aún peor: un mundo exterior donde yo no existo para ella.

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